Entonces uno recuerda algo hermoso, y pequeño: el rumor del llanto tenue sobre las hojas de la lluvia, escurriendose las gotas como cascadas en miniatura; una mañana temprano bajo la luz recién nacida de esa luminosidad tenue pero decidida, un arroyito lejano entre piedras sin nombre ; un paisaje suburbano bajo un cielo y sobre una calle gris, con esas tonalidades tan definidas que da un dia sin soles; un árbol grande de hojas doradas, caídas sobre el empedrado, contrastando...; un ojo relampagueando su brillo alegre y frágil; una mirada perdida en los abismos invisiblemente multicolores; es eso: una imagen, una situación, un recuerdo sin borrar, una sensación fuerte y lejana, pero no perdida. Todo eso, al lado de su increíble emocionalidad... tan hermosa... y tan trágica. Tenue...como esa belleza irreparable que adivinamos al intuir que ya no podemos volver atrás.
No es que me considere una persona infeliz, ni mucho menos; o que piense que mi mejor etapa fue la niñez, porque no fue así; ni que crea que todo tiempo pasado fue mejor; no...no; pero es que hoy me he sumido en la inquieta tempestad pasiva que es el recuerdo, el misterio manso del color de las hojas secas, todo otoño: tenue, inevitable, tranquilamente cambiante, consistente, contundente, y hasta seguro...una mezcla extraña de gris y amarillo fuerte, casi anaranjado, dorado o marrón claro. Esa belleza que me abruma, que me ahonda... que renace en mí esa sensibilidad tierna que a veces olvido, que me suena suavemente al oído y mueve, de vez en cuando, mis latidos. Y no es que yo sea una muchacha triste (al menos no en el sentido pesimista de la palabra), pero sí soy amiga de ese sentimiento sutil y abrazable; de la nostalgia; del recuerdo; de las pequeñas historias; de las cosas simples y hermosas. De esa melancolía cercana a las lágrimas cálidas, serenas; que nos vuelve quizás más vulnerables, más serenos, más sinceros, y, tal vez, más humanos...
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